Organizar un viaje a Vietnam es, posiblemente, una de las experiencias más emocionantes y, a la vez, abrumadoras que me ha tocado vivir. No te voy a mentir: la primera vez que pones un pie en Hanoi y ves ese enjambre de motos que parece no tener fin, te planteas seriamente si vas a ser capaz de cruzar la calle. Pero ahí está la magia de este país. Para que no te agobies, lo primero que tienes que decidir es el sentido de tu ruta. Al ser un país tan «estirado», lo más lógico es entrar por una punta y salir por la otra. Yo siempre recomiendo empezar por el Norte, aterrizando en Hanoi, para ir bajando poco a poco hacia el caos moderno de Ho Chi Minh en el Sur. Eso sí, antes de subirte al avión, asegúrate de tener el tema del visado bajo control. Si vas a estar más de 15 días, sácate la E-Visa online con tiempo, imprímela y llévala siempre a mano, porque a los oficiales vietnamitas les encanta el papel físico y te ahorrarás más de un dolor de cabeza en el control de pasaportes.

Una vez allí, el tema del transporte es toda una aventura en sí misma. Olvídate de los taxis convencionales de la calle si no quieres estar regateando cada céntimo; bájate la app de Grab (el Uber de allí) y verás qué maravilla es saber el precio de antemano, incluso si pides una moto-taxi para moverte rápido por la ciudad. Para las distancias largas, tienes vuelos internos muy baratos, pero si de verdad quieres vivir la experiencia auténtica, tienes que subirte a un sleeping bus. Son autobuses con literas donde, si no eres muy alto, puedes dormir bastante bien y ahorrarte una noche de hotel mientras cruzas el país. Es verdad que el ritmo en Vietnam puede ser frenético, por eso mi consejo de oro es que no intentes verlo todo en diez días. Es mucho mejor elegir tres o cuatro puntos clave y disfrutarlos de verdad que pasarte medio viaje metido en un transporte.

En cuanto a la ruta, hay lugares que se te quedan grabados. Hanoi es ese bofetón de cultura tradicional, café de huevo y calles que huelen a especias, mientras que lugares como Ninh Binh te ofrecen una paz absoluta entre montañas de piedra caliza y campos de arroz que parecen sacados de una película. Y qué decir de Hoi An; sé que suena a tópico, pero pasear entre sus farolillos al atardecer o hacerte un traje a medida en sus sastrerías es algo que tienes que vivir. Pero, por encima de los monumentos, lo que realmente te vuela la cabeza en Vietnam es su comida. No tengas miedo a los taburetes de plástico diminutos en plena acera; si ves a una señora cocinando en una olla enorme y el sitio está lleno de locales, siéntate. Ese será, sin duda, el mejor Pho o el mejor Bun Cha que pruebes en tu vida. Al final, viajar a Vietnam va de eso: de soltar el control, dejarte llevar por el caos y disfrutar de cada bocado y cada paisaje.